jueves, 22 de febrero de 2018

Un poema no bastará para sanarte.

Te escribo porque esa es mi forma de abrazarte,
porque no hay hombro capaz de sostener tu pena.

Sé que un poema no bastará para sanarte,
pero ojalá.
Se te ven los nubarrones en la mirada 
y las penas balanceándose en tus pestañas.
Lleva muchos días sin salir el sol en la ciudad
y no te quiero echar la culpa,
pero la verdad es que cuando sonríes tengo menos frío

Quiero dejar escrito en los libros
la valentía con la que besaste a la tristeza,
sabiendo que iba a doler
pero que esa era la única manera de que algún día decidiera marcharse.
Cómo estás llenando el boquete del pulmón con flores,
y acariciando el hueco del corazón que te han arrancado.

Nada de lo que yo te escriba
llenará tu vacío, 
pero sí regará las macetas que antes hayas decidido plantar.

A partir de hoy cada paso sonará diferente,
el cielo tendrá otro azul
y los pájaros volarán torpes.
Todo te parecerá un poco más extraño
y las cosas se verán menos eternas.

Tú te sentirás más mayor
porque para llenar la herida
habrás crecido unos centímetros por dentro.

Pero sigues siendo tú, 
aunque te resultes extraña,
aunque vueles torpe, 
sigues quitándole el frío a la ciudad
y haciendo que yo escriba poemas.


jueves, 1 de febrero de 2018

Sitio seguro. Aquí NO es NO.

Estoy enferma de este mundo. De que alguien decida romantizar un “Para”, “apretando más fuerte”.
Estoy cansada de estar en la barra y que alguien me toque el culo. De no sentirme cómoda si no veo un cartel de “Sitio seguro, aquí NO es NO”, y me pregunto en qué puto lugar significa otra cosa.

Me intoxicáis la poesía con vuestros acosos en los bares; con ese mail que me mandabas cada día después de verme recitar insistiendo en que te llamara, que aquí me dejabas tu número, que tenías muchas cosas que contarme en privado.
Te pudres cuando llamas puta a la que te rechaza, mientras escuchas a otra mujer al micro recitando sobre que nos queremos libres.

Me duele el pecho cuando pienso en todas las veces que una compañera ha tenido miedo. Cuando tiene que inventarse un novio que la espera, para que le dejes en paz. Cuando no se atreve a besar a su novia, porque sabe que la semana pasada a otra chica le pegaron por hacer lo mismo.

Me duele el pecho cuando pienso en mi ex diciéndome que se sentiría humillado si después de él, salgo con una chica. Cuando amenazó con no tocarme más si veía una compresa mía usada.
Me duele no haber tenido las palabras y tener que tragarme las suyas.

Pero, lo que más me duele de todo, con diferencia, es pensar en cada superviviente a la que se le ha puesto en duda. En ella, subida al estrado, teniendo que responder si disfrutó de ser violada, si le resultó placentero, si se negó lo suficiente, si ha tenido parejas estables, si sale mucho por las noches. En ella, leyendo justificaciones hacia su violador, gente pidiendo prudencia, llenándose la boca de “presunción de inocencia” mientras ella se despierta y le ve; desayuna y siente su mano en el muslo; va en el metro y recuerda el olor de su saliva; entra en el instituto y oye sus gemidos; vuelve a casa, abraza a mamá, y tiembla asustada; va a dormir y vuelve a sentirse sola para siempre.

En este mundo, si hay que elegir un bando, siempre voy a ser del de la víctima.
Prefiero creer a quien apuesta valentía, si luego es mentira, me ha engañado.
Pero si defiendo al “presunto” violador, y luego es verdad, yo también la habré violado.